Carlos Salvador Bilardo, el "doctor y campeón" que empezó como médico y triunfó en el fútbol

Médicos y sus pasiones

Matías A. Loewy

2 de diciembre de 2022

Dr. Carlos Salvador Bilardo

BUENOS AIRES, ARG. Cuando el próximo 3 de diciembre se celebre en Argentina el Día del Médico, muchos habrán de notar la coincidencia sin precedentes de la fecha con la disputa de una Copa del Mundo de la FIFA y recordarán a una persona pública que conjuga ambos planos: Dr. Carlos Salvador Bilardo, médico de 84 años graduado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1965 y campeón y subcampeón del mundo como entrenador de la Selección Argentina en México 1986 e Italia 1990, respectivamente.

Aunque su trayectoria como entrenador fue mucho más prolongada y destacada que su desempeño como médico, el Dr. Bilardo o simplemente "el doctor", como se lo conoce en su país, siempre se jactó de su profesión original. Cuando le preguntaban sobre su ocupación en migraciones y hoteles siempre respondió: "Entrenador de fútbol y médico". En un programa televisivo un periodista le dijo que el exitoso exfutbolista y entrenador alemán Franz Beckembauer debía tener más títulos que él. "No. Le falta el de médico", respondió el Dr. Bilardo.[1]

En su autobiografía Doctor y campeón, escrita junto al periodista Luciano Wernicke, el Dr. Bilardo recuerda su decisión de ser médico cuando estaba en el cuarto año del colegio secundario. "Quería seguir una carrera 'tradicional', pero la abogacía no me interesaba, para contador no servía, la ingeniería no me gustaba. En cambio, sentía que con la medicina podía estar cerca de la gente". Dijo que lo inspiró el ejemplo del médico de su barrio en Buenos Aires, Dr. Juan Ganduglia, "que se preocupaba mucho por sus pacientes, establecía un vínculo personal con cada uno". En ocasiones se reunían veinte o treinta personas en la vereda porque la sala de espera era insuficiente.

Años de estudio: grandes profesores, un solo aplazo y un aprendizaje para la vida

Su madre lo había intimado:[2] "Si querés jugar tenés que estudiar". Y el joven Carlos Bilardo, que ya integraba las divisiones inferiores o cantera de San Lorenzo, acató el mensaje. Hizo la carrera mientras progresaba también la suya como futbolista, debutando en la primera en agosto de 1958, con solo 19 años. "No me quedaba mucho tiempo para estudiar. Tenía que hacerlo de noche", escribió.

Entre sus profesores destacó al Dr. Bernardo Houssay (Premio Nobel de Medicina 1947) en Fisiología, al Dr. Emilio Bonnet en Medicina Legal, a los doctores Emilio Astolfi y Alberto Ítalo Calabrese en Toxicología, a los doctores León De Soldati y Jorge Balassanian en Cardiología, al Dr. Aarón Kaminsky en Dermatología, al Dr. Francisco Perino en Neurocirugía y al Dr. Jorge Firpo, uno de los precursores de las cesáreas en Argentina, en Ginecología, quien luego le transmitiría su pasión por esa rama de la medicina. 

En toda la carrera solo una vez rindió mal un examen final, de Farmacología."Me acuerdo muy bien que había aprobado los tres parciales y cuando me presenté para el final lo primero que me preguntó el jefe de cátedra, Dr. Luis Componovo —quien también era autor del libro con el que estudiábamos— fue la dosis de morfina que debía aplicarse a determinado paciente. Dije un número y me contestó: 'Está mal, retírese'. Intenté ensayar una protesta, pero me cortó de raíz: 'Ya lo mató'".

Completó la carrera en 7 años. "Me retrasé solo uno cuando me tocó el servicio militar, pero pude aprovecharlo, de todos modos, porque presté servicio en el Hospital Militar Central, donde hacía guardias dos o tres veces por semana", señaló. También hizo prácticas de pregrado en el Hospital Alvear, que hoy atiende emergencias psiquiátricas. "Me enamoré del hospital. Pasaba adentro todo el tiempo que podía e inclusive pasaba muchas noches en la guardia, durmiendo de a ratos en alguna cama vacía", aseguró.

Allí también participó por primera vez como asistente de una intervención quirúrgica para amputar la pierna de un paciente de edad avanzada, aunque tuvo la imprudencia de discutir detalles del procedimiento con el cirujano mientras el paciente aún estaba despierto.

Rindió su última materia, Higiene y Medicina Social, el 17 de mayo de 1965. el 17 de mayo de 1965. Recibió el diploma el 22 de octubre del año siguiente ("No le avisé ni a mis padres") y esa misma tarde viajó para entrenarse con su equipo de entonces, Estudiantes de La Plata, a 60 km de la facultad.

Una nota de 1967 en la popular revista deportiva El Gráfico romantizaba la faceta médica del por entonces futbolista de Estudiantes.  "A semejanza de aquellos antiguos galenos que aparecen en los daguerrotipos de principios de siglo con barba, sombrero de hongo y maletín, muchas madrugadas recorre apresuradamente las mismas calles de la infancia para auxiliar a la misma gente que lo conoce desde entonces. No hay honorarios, no hay protocolo, solo el placer de ser útil aun a costa de ser arrancado bruscamente de la cama, a costa de disimular su ropa de dormir con un sobretodo decoroso", destacó el periodista Osvaldo Ardizzone.[3]

"Ejercí poco como médico, el fútbol se llevó mi vida. Sin embargo, siento que todo ese esfuerzo no fue en vano", escribió el Dr. Bilardo en su autobiografía. Y contó una anécdota que según él explica el invaluable aporte que uno recibe en la universidad sobre la responsabilidad y el valor de tomar las decisiones en soledad, según el propio criterio.

Durante las prácticas en el Alvear le tocó auscultar a un paciente. No encontró ninguna anomalía, pero el jefe de Cardiología, Dr. De Soldati, lo desafió: "Bilardo, no está todo normal. El paciente tiene un soplo". El estudiante repitió la exploración y no del todo convencido, avaló el diagnóstico de su eminente profesor. "Entonces el Dr. De Soldati, con tono cordial pero severo, me replicó: 'No es verdad, no hay nada en ese corazón, es totalmente normal. Recuerde siempre, Bilardo, que el enfermo es suyo. Usted puede hacer una consulta con otro colega, pero el que decide es usted. El enfermo es suyo, no confíe en nadie'. Esa enseñanza me sirvió para la medicina, para el fútbol, para todo", subrayó.

Artes médicas "aplicadas" al fútbol

El plan inicial del Dr. Bilardo era jugar algunos años para hacer algo de dinero y de ese modo montar su consultorio y ejercer como médico, además de colaborar con la fábrica de muebles de su padre y hermano. Así lo reafirmó en entrevistas cuando decidió retirarse del fútbol en diciembre de 1970, con 31 años y tras haber ganado tres Copas Libertadores de América y una Intercontinental. Sin embargo, ya se le había despertado la pasión por la técnica, la táctica y la estrategia futbolística y una "intensa vocación por poder también, algún día, conducir mi propio equipo", reconoció.

En los primeros años todavía mantuvo cierto ejercicio convencional de la profesión. Mientras estudiaba la carrera de técnico de fútbol "progresaba en la medicina junto a Ganduglia, el médico del barrio y del Hospital Alvear, con quien trabajaba sobre cáncer de recto", recordó Bilardo. Junto a su antiguo profesor también habría realizado criocirugías para hemorroides.

El Dr. Bilardo tuvo la primera oportunidad como entrenador en 1971, en Estudiantes de La Plata. Desde entonces dirigiría importantes clubes en Argentina, Colombia y España, además de los Seleccionados de Argentina, Colombia (11 partidos) y Libia (3 partidos). El veterano periodista deportivo argentino Juan Fazzini llegó a calificarlo como "el mejor técnico en la historia de los mundiales".

El fútbol terminaría desplazando la medicina asistencial, que abandonó de manera formal en 1976. Aunque no del todo, según refleja el documental Bilardo, el doctor del fútbol (2022). "¿Seguís leyendo, practicando la medicina?", le preguntaron a mediados de la década de 1980. "A la noche. Llego a casa a las 10, 11 de la noche, veo un partido y después, para poder conciliar el sueño, leo hasta las 3 o 4 de la mañana. Y me levanto a las 7", respondió.

"Carlos, cada vez que su tiempo se lo ha permitido, ha leído y asistido a cuanto congreso de medicina puede. Pero entendió que como decía el Dr. René Favaloro, el domingo que no leyó se atrasó. Hoy, si su esposa Gloria le dice que le duele la cabeza, Carlos le contesta: 'Toma un analgésico'. Pero si le dice que el dolor no se le pasa, Bilardo inmediatamente le responde: 'Vamos, te llevo al médico'", aseguró Mauro Palacios en la biografía La enfermedad del doctor, publicada en 2009.

Su condición de médico también permeó numerosas veces en su desempeño como entrenador. Cuando dirigió en Colombia al Deportivo Cali, por ejemplo, controlaba todas las mañanas el peso de los jugadores y los hacía correr para comprobar que no se hubieran excedido con el alcohol durante la noche. En la selección prescribía la manera en que los integrantes del plantel debían tener relaciones sexuales o prohibía ciertas posturas o rituales en el campo de juego, como las manos en la cintura, para no transmitir a los rivales una imagen de cansancio o que los defensores fueran corriendo a abrazar al autor de un gol (para dosificar el esfuerzo).

En México 1986, hizo que los integrantes del plantel empezaran el torneo con 2 kilos de más para llegar a la final con el peso regular. Y así ocurrió. "De su paso por Colombia, él sabía perfectamente la reacción del organismo ante la agresividad de los 2.500 metros de altura", recordó hace poco uno de los futbolistas campeones, Jorge Valdano, tal como reprodujo la cuenta de Twitter de VarskySport.

También revisaba con mucho celo las recetas de los fármacos que tomaban, algo que dice que aprendió después de aplicarse por error un colirio midriático en su época de futbolista y disputar una final casi sin poder ver. "Les estaba encima, pasaba a verlos cuarto por cuarto, cuidando que cada dosis que ingirieran no resultara inconveniente o peligrosa. En definitiva, que resultara peor el remedio que la enfermedad", escribió.

Más controvertido y mítico en Argentina es su uso de alfileres para pinchar y distraer rivales en los partidos, una artimaña que también alentó en algunos de sus futbolistas durante su paso por Colombia. "Yo usaba, pero no había SIDA", admitió en una entrevista televisiva.[4] Tenía experiencia. En su época de estudiante Bilardo era algo así como el "enfermero del barrio". "La mejor propaganda me la hacían en la verdulería de la vuelta de casa y el almacén de enfrente. 'Vaya a lo de Bilardo, que tiene una mano bárbara', aconsejaban el verdulero y el almacenero cada vez que alguien preguntaba dónde hacerse una aplicación", recordó en Doctor y campeón. En 2011 los célebres "pinchazos" protagonizaron una campaña publicitaria de la Federación Argentina de Diabetes y el Dr. Bilardo aseguraba, con humor, que en realidad le hacía la prueba de glucemia a sus adversarios.[5]

Para el Dr. Bilardo ganar siempre fue lo único importante. "El segundo es el mejor de los perdedores", solía repetir. Esa filosofía quizá incluía avalar o tolerar ciertas trampas o transgresiones para lograr el objetivo.

Durante un Argentina-Brasil de octavos de final de la Copa del Mundo de Italia 1990, el futbolista brasileño Branco bebió de una botella de agua ofrecida por un integrante del cuerpo técnico argentino y a la que según confió Maradona años después, "alguien le había echado Rohipnol (el hipnótico flunitrazepam). Branco se lo tomó todo. Después pateaba los tiros libres y se caía", aseguró el astro entre risas.[6] ¿Podría haber estado el médico detrás de esa supuesta formulación magistral? ¿Cuánto hay de realidad y cuánto de mito? El Dr. Bilardo siempre negó el episodio. "Nadie sabe qué pasó", afirman hoy integrantes de aquel plantel. Secreto profesional.

Quizá más reñido con el juramento hipocrático luce su enojo con el fisioterapeuta del Sevilla de España, que dirigió en 1993, cuando asistió a un jugador del equipo rival por una rinorrea leve tras un choque con Maradona. "¿Cómo vas a agarrar al otro, por Dios? ¿Qué carajo me importa el otro? Písalo, písalo", bramó el entrenador fuera de sí. La Federación Española le impuso una multa y el Dr. Bilardo recurrió la sanción en los tribunales, arguyendo con profusa documentación que lo había expresado en sentido figurado. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid le dio la razón seis años después: "Las palabras de Bilardo carecen del espíritu antideportivo que se le achacan" y solo fueron una reconvención amplificada por los medios, dictaminaron los jueces, como reconstruyó El Confidencial.[7]

"Me olvidé de vivir"

Tenaz, obsesivo, neurótico, supersticioso, brillante, verborrágico, inteligente, controvertido, excéntrico, detallista, transgresor, hiperactivo y apasionado, el Dr. Bilardo ha capturado todos los adjetivos. Todos los calificativos le caben. Ha sido amado y odiado.

Mural en Argentina sobre el abrazo de reconciliación del Dr. Bilardo con Maradona en 2009, ambos llorando, cuando Argentina clasificó para el Mundial de Sudáfrica 2010.

En los últimos años aseguraba que la canción que mejor representaba su vida era Me olvidé de vivir, popularizada por Julio Iglesias. Lamentaba haberse concentrado demasiado en el fútbol y en la medicina y haber perdido de vista lo esencial, "los detalles pequeños", como el crecimiento de su hija Daniela o pasar más tiempo con su familia. Pero no habría sido él. Y su hija lo desmiente: "Vivió a pleno todas sus vidas". También fue periodista deportivo, conductor de programas de radio, actor de comedia, secretario de deportes y precandidato a presidente de Argentina. En 2010 acompañó como director de Selecciones a Maradona en su aventura como entrenador de Argentina en la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010. Y repitió esa función con Alejandro Sabella en Brasil 2014.

No habría más protagonismo en mundiales para él. Diagnosticado en 2017 con el síndrome de hidrocefalia con presión normal o síndrome de Hakim-Adams, que presenta una tríada clínica de trastornos progresivos de la marcha, demencia e incontinencia urinaria y suele confundirse con la enfermedad de Alzheimer, el médico y entrenador transita sus últimos años en una residencia geriátrica de la Ciudad de Buenos Aires.[8] "El doctor" dejó una huella, un estilo, un baremo, un punto de referencia, que cada nueva Copa del Mundo de fútbol vuelve a poner de relieve. Algo es seguro: nadie lo olvida.

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