COMENTARIO

Historia de las residencias médicas

Dr. Héctor Gámez Barrera 

Conflictos de interés

18 de agosto de 2022

Este contenido forma parte de una serie de comentarios de estudiantes de medicina en colaboración con el Colectivo Médicos en Formación. El colectivo es impulsado por Nosotrxs y está conformado por la Asociación Mexicana de Médicos en Formación, A.C. (AMMEF), la Asamblea Nacional de Médicos Residentes (ANMR), la Asociación de Residentes del Hospital General de México (ARHGM), la Asamblea Mexicana de Médicos Internos de Pregrado (AMMIP), la Asamblea Mexicana de Médicos Pasantes de Servicio Social (AMMPSS) y otrxs aliadxs del sector que trabaja en colaboración desde enero de 2020 para que se garanticen los derechos de las y los profesionales de la salud en formación.

Las residencias médicas se refieren al periodo de formación de posgrado para la licenciatura en medicina, donde los médicos reciben educación y adiestramiento dentro de un campo clínico en alguna rama, como medicina interna, cirugía, ginecología y psiquiatría, entre otras.

Aunque este periodo de formación lo conocemos desde el pregrado, muchos médicos desconocen la historia de esta educación en México, por los cual se mantienen medidas obsoletas o que atentan contra la estructura del posgrado médico.

La historia de las residencias médicas en México se puede dividir en tres periodos: tutelar, conformacional y de aval universitario. El periodo tutelar consistía en que el médico se acercaba a un especialista y por medio de la observación copiaba la técnica, paulatinamente la practicaba y de manera informal se daba nacimiento a un nuevo especialista. Es decir, era una formación artesanal por medio de la observación y la práctica, únicamente a ensayo y error. Para algunos médicos así deben ser las residencias.

El periodo conformacional se dio entre 1924 y 1942, producto del crecimiento del país y, por tanto, de las instituciones de salud, de ahí nacieron dos perspectivas para el médico en formación:

  • Los hospitales que los veían como una fuerza de trabajo y que el aprendizaje se daba por medio de las labores de asistencia.

  • Las universidades que los veían como estudiantes, donde la formación de posgrado sería principalmente en la universidad y eran las instituciones educativas las que llevaban la batuta de la educación.

Ambas perspectivas se configuraron de forma independiente según su lógica y aunque la historia no se detiene ahí, las dos siguen presentes en la actualidad como si no hubiera pasado nada desde entonces. Ese periodo se divide en dos corrientes:

  1. Médico residente como trabajador honorario.

  2. Médico residente como alumno de posgrado.

La corriente del trabajador honorario comenzó en abril de 1942 dentro del padre de muchos hospitales en el país: el Hospital General de México, en la Ciudad de México. Ahí se realizaban guardias de 24 a 36 horas, con un programa de dos años de duración. La enseñanza era autodidacta y para 1946 ya se había extendido a otros hospitales. Cabe mencionar que no había una remuneración establecida por el trabajo que prestaban los residentes dentro del hospital, ya que desde esta perspectiva la recompensa consistía únicamente en la enseñanza y la oportunidad de aprender dentro del hospital.

De forma paralela existían cursos académicos, algunos asociados a hospitales y otros de forma independiente, donde el ingreso era directamente en la universidad y la formación era principalmente teórica. Al día de hoy todavía hay especialistas, muchos de ellos de renombre y grandes capacidades, que se formaron en este tipo de cursos.

Para 1959 la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) plantea escolarizar por completo la formación de especialidades médicas. Es en 1960 cuando empieza el tercer periodo de aval universitario, cuando se constituyó la primera residencia entre el Hospital General de México y la universidad. Esto trajo el debate sobre si los médicos residentes debían cumplir con demandas del trabajo, asistenciales o educativas. Para la época los entonces médicos especialistas opinaban según la formación que recibieron.

El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México en ese tiempo, Dr. Ignacio Chávez, propuso privilegiar la parte educativa en una visión integradora donde todas las actividades del residente serían con un fin formativo. "La facultad propone ahora hacerse cargo de los cursos de especialización que doten al país de los especialistas necesarios bajo el control científico de ella".

Se planteó que el residente recibiera una educación especializada como retribución al trabajo que prestaba en las instituciones de salud, sin embargo, el límite entre las actividades que son parte de su formación y las que responden a labores asistenciales no fue claro, lo que provocó un defecto de nacimiento que sigue hasta nuestros días. De ahí que muchos jefes de enseñanza exijan a sus residentes priorizar el trabajo.

Aunque no está descrito como tal en los artículos que recogen la historia de las residencias médicas, agregaría un periodo del médico como político, que configuró la dualidad entre estudiante y trabajador. Esto sucedió entre 1964 y 1965, cuando después de negar el pago de aguinaldo a médicos internos y residentes del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), se inició un paro que se generalizó al ser algo similar en otras sedes hospitalarias.

El paro se contuvo con los métodos que utilizaba el gobierno de la época y cicatrices de esa persecución se pueden encontrar en la actualidad. Por otro lado, el movimiento tuvo un efecto a la distancia, cuando, en 1970 se reconocieron como trabajadores y no solo como becarios, con una inclusión en la Ley Federal del Trabajo como trabajador con características especiales que tiene una relación con las sedes hospitalarias.

Esto significó en lo escrito que la parte académica y laboral se consolidaban en un solo ente. Con un médico titulado que adiestraban, aprendía y llevaría clases sobre la especialidad seleccionada, mientras que a la vez también con un fin formativo atendería parte de las labores asistenciales de la sede hospitalaria, siempre buscando un equilibrio en todo momento.

En lo académico el médico residente se ajustaría a las normas que estableciera la institución educativa superior para obtener su especialidad, por ejemplo, cubrir todos los créditos que se soliciten, con una representación de la universidad dentro del hospital para procurar lo anterior. Mientras que también existirá una relación laboral con la unidad médica que dure el tiempo establecido para la especialización, los actos de la unidad quedan comprendidos como los de cualquier empleador y quedan sometidos a las prevenciones del derecho laboral.

Hay una jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), la 2ª./J. 2/2017 (10ª), que señala que existe una relación laboral del residente con la unidad médica en la que participe, con ciertas características especiales y aunque tenga como fin su adiestramiento para lograr una especialidad, lo que le da el carácter de alumno, esto no disuelve el vínculo que tiene como trabajador, pues la residencia es una relación laboral con ese fin específico. Esto aplica tanto para hospitales públicos como privados.

El mapa de las residencias médicas en México es muy heterogéneo, algunos reciben beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), a otros no se les paga o bajo el argumento de que no tiene guardias no les dan vacaciones. Pero esta breve revisión de la historia de las residencias médicas en México demuestra que hombres y mujeres hicieron lo necesario para que la formación tuviera un carácter científico, respetuoso de la personalidad y necesidades de los futuros especialistas.

Siga al Colectivo Médicos en Formación en Facebook y Twitter.

Para más contenido suscríbase a nuestros boletines y siga a Medscape en Facebook, Twitter, Instagram y YouTube.

Contenido relacionado

Comentario

3090D553-9492-4563-8681-AD288FA52ACE
Los comentarios están sujetos a moderación. Por favor, consulte los Términos de Uso del foro

procesando....