COMENTARIO

Desafiar la vocación

El blog de Médicos en Formación

Dr. Andrés Quintero Leyra; Dr. Dennys Michel Onofre Corredor

Conflictos de interés

2 de mayo de 2022

Este contenido forma parte de una serie de comentarios de estudiantes de medicina en colaboración con el Colectivo Médicos en Formación. El colectivo es impulsado por Nosotrxs y está conformado por la Asociación Mexicana de Médicos en Formación, A.C. (AMMEF), la Asamblea Nacional de Médicos Residentes (ANMR), la Asociación de Residentes del Hospital General de México (ARHGM), la Asamblea Mexicana de Médicos Internos de Pregrado (AMMIP), la Asamblea Mexicana de Médicos Pasantes de Servicio Social (AMMPSS) y otrxs aliadxs del sector que trabaja en colaboración desde enero de 2020 para que se garanticen los derechos de las y los profesionales de la salud en formación.

Nuestro país atraviesa uno de los retos más importantes en la historia contemporánea, un reto aparentemente invisible que nos orilló al distanciamiento físico y social, hecho que paralelamente hizo visible la inquebrantable voluntad de las y los profesionales de la salud.

Uno de los principales aspectos a los cuales nos enfrentamos durante la crisis sanitaria fue la violencia hacia el personal de la salud, misma que fue orquestada por algunos sectores de la sociedad de manera nunca antes vista, pero sobre todo por parte de las instancias del área de la salud.[1] Esa violencia institucional que no solo se exacerbó de manera tajante, sino que se visibilizó a nivel nacional como una problemática sobre la cual se tenía que intervenir. El ejemplo concreto que abordamos en este escrito es el caso del uso de la vocación como herramienta de esta violencia estructural.

La vocación es un concepto de gran peso dentro del área de la salud, aún sin tener un entendimiento claro y puntual de su significado. Precisamente en algunos diccionarios puede encontrarse la definición de vocación como una forma de inclinación hacía alguna profesión, es decir, una forma de afecto o propensión. En otras fuentes que se apegan más a su origen latín vocatio, que significa llamado, extrapolándolo a este sentimiento sobre acudir ante la necesidad de nuestros iguales.[2]

Dentro del área de la salud este concepto se ha tergiversado al utilizarlo como mecanismo de coacción hacia el personal de la salud, reforzando así algunas estructuras interinstitucionales cuya distribución asimétrica de poder fue un elemento frecuente para el forzamiento de la participación en la atención de la pandemia. Esto se hizo muy claro en algunas entidades en las que se obligó a estudiantes a trabajar sin remuneración e incluso sin garantías para la seguridad propia y la de los familiares directos próximos.[3]

La vocación en el área de las profesiones de la salud pierde la connotación de una llamada autónoma, entusiasta y emotiva por el actuar médico y se ha transformado en un mecanismo de condicionamiento académico y social que somete y castiga a todas aquellas personas quienes son víctimas de esta distorsión conceptual.

Visibilizar la condición humana y las necesidades que tienen las y los profesionales nos permitirá mejorar los entornos en los que todas y todos nos desenvolvemos, para prevenir las consecuencias de salud mental y física y sus potenciales causas como el acoso laboral, sexual o académico, que ya se han comenzado a explorar en varios estudios.[4,5] Muchos de estos abusos se han normalizado usando como pretexto esta vocación que se espera de nosotros, por lo que estamos convencidos que estamos ante un buen momento para comenzar con esa transformación.

Durante los últimos años de esta emergencia en salud hemos conocido un par de ejemplos en los que estos preceptos se lograron cuestionar y sentaron bases importantes del cambio.

El primero trata del retiro histórico de las y los médicos internos de pregrado en su totalidad. Una decisión sumamente controversial impulsada en un principio por la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y que buscaba realmente asegurar la salud de los estudiantes que en muchos lugares estaban siendo utilizados (en el sentido más cruel de la palabra, como objetos de trabajo) para cubrir los espacios de médicos de base que se resguardaron por factores de riesgo.[6]

A pesar de la lógica de esta decisión y del seguimiento de muchas otras universidades, hubieron varios casos de jóvenes en formación que fallecieron por esta enfermedad y con casos de negligencia claros, como el de Jorge, de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala.[7]

El segundo de estos ejemplos se trata de la creación de la Unidad Temporal de COVID-19 del Centro Citibanamex. Este hospital de más de 800 camas era atendido en su gran mayoría por profesionales de todas las áreas de la salud que se encontraban en sus primeros años de carrera profesional, algunos incluso recién graduados y en sus 20 años o inicio de sus 30. La característica esencial de este proyecto se caracterizó por la creación de protocolos estrictos de seguimiento de casos, medidas excelentes de bioseguridad y sobre todo, una remuneración suficiente para el trabajo que realizamos por más de año y medio. Uno de los claroscuros del proyecto fue la asimetría en estas remuneraciones comparando lo que percibía el personal médico contra otras profesiones, como enfermería, fisioterapia o nutrición, sin duda otro de los legados que estamos obligados a atender en los siguientes años.

Esto ha demostrado que nosotros, aún como recién egresados y pasantes, estamos listos para enfrentar los problemas que han surgido. La actitud de servicio, proactividad y un ímpetu de responsabilidad social y ética son algunos factores que generaron propuestas que nos condujeron a resultados como los que hoy puede presumir con orgullo esta unidad temporal.Es momento de repensar el significado que la vocación tiene para todas y todos, que nos permita saber que la seguridad no es un privilegio, sino un derecho social, que nos permita retomar las iniciativas para el mejoramiento de los esquemas de gestión institucional y académica mediante el diálogo para el bienestar de nuestras generaciones y las futuras.

Es por ello que hacemos un llamado a retomar la responsabilidad social de las universidades.[8] Pues esta debe atender también la seguridad de los profesionales que forman, impulsando nuevos modelos de educativos que se adapten a la realidad actual, como los complejos problemas de salud mental a los que nos exponemos por ser profesionales de la salud.[9,10] Reestructurar nuestros programas académicos para que se adapten mucho mejor a la evidencia y principios de seguridad para el profesional recae en sus manos, pues las instituciones de salud incluyen en sus programas operativos estos documentos académicos para justificar la explotación de los profesionales de formación. Si cambia la estructura académica, cambiará el sistema.

El costo de la exposición a entornos inseguros de las y los estudiantes en todo el país, de la violencia institucional supeditada con una misconcepción de vocación y deber social hacen que corramos el gravísimo riesgo de pasar a la historia como una sociedad académica que vició la vocación como una muestra carente de humanismo y ética, con el fin de conservar el esquema de enseñanza y dominación institucional como una doctrina inamovible y anacrónica.

Como comunidad profesional podemos demostrar que estos esquemas tradicionales verticales y de sumisión, han sido los mismos que contribuyen también a un sistema nulo de evidencia científica que ha interrumpido la existencia de horarios justos y seguros, mismos que son del interés de pacientes y profesionales para conseguir en estos momentos la reivindicación de dignidad profesional como una extensión de la dignidad humana.

Es por ello que la propuesta de la redefinición de vocación es un imperativo social que nos merecemos todas y todos. Esta nueva redefinición debe representar la forma en la que nuestros entornos académicos, laborales y sociales han evolucionado en materia de derechos humanos, logrando así que su configuración en la que el trabajo en equipo sea el centro de la cultura organizacional. Es momento de que nuestras instituciones sean ese espacio seguro para la autocrítica, la creación de evidencia y que permita tener los sistemas de denuncia y amonestación necesarios para prevenir los citados abusos.

Es momento de cambiar.

Siga en Twitter al Dr. Andrés Quintero Leyra (@andres_ql10) y al Dr. Dennys Michel Onofre Corredor (@Dennys_Mitchel).

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