Orfandad: secuela oculta de los decesos por COVID-19

Amapola Nava

2 de agosto de 2021

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Al 30 de abril del 2021 se contabilizaban más de 3 millones de fallecimientos por COVID-19, por los que 1'134.000 de niños (uno por cada tres defunciones por COVID-19) quedaron en situación de orfandad ante la pérdida de uno de sus cuidadores primarios (padres o abuelos), según un estudio publicado en The Lancet.[1]

Los resultados del estudio muestran que la orfandad es una secuela oculta de los fallecimientos por COVID-19, por lo que se requerirá de apoyo psicosocial y económico para evitar que los niños terminen en casas-hogar, donde se ha demostrado que pueden sufrir daños psicosociales, físicos y de desarrollo mental.[2] Sin olvidar que garantizar el acceso a la vacunación es la estrategia principal para prevenir tanto el deceso de más padres y cuidadores, así como la orfandad, explicó Susan Hillis, Ph. D., del equipo de respuesta COVID-19 de Centers for Disease Control and Prevention (CDC) de Estados Unidos, que dirigió la investigación.

Las consecuencias adversas para los menores incluyen pobreza, enfermedad, abuso, violencia e institucionalización (internamiento en casas-hogar), explicaron los investigadores.

Los países más afectados

Para calcular el número de niños menores de 18 años que perdieron a su madre, padre o abuelos cuidadores debido a los fallecimientos asociados a la pandemia (incluyendo causas indirectas, como falta de acceso al tratamiento para enfermos crónicos), los investigadores utilizaron los datos disponibles de 21 países sobre el exceso de fallecimientos, decesos por COVID-19 y la fertilidad regional.

Las naciones analizadas acumulaban 76,4% de los fallecimientos por COVID-19 en el mundo: Alemania, Argentina, Brasil, Colombia, Inglaterra y Gales, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, India, Irán, Italia, Kenia, Malawi, México, Nigeria, Perú, Polonia, República de Zimbabwe, Rusia y Sudáfrica. Con los resultados de estos países, los científicos realizaron una extrapolación para obtener un estimado mínimo mundial.

Calcularon el número de hijos que un adulto de cierta edad habría tenido en el año 2020 y lo ajustaron con datos de mortalidad infantil, para tomar en cuenta también el número de niños que fallecieron en el periodo. En cuanto a la fertilidad, para las mujeres utilizaron un límite de edad fértil de 50 años, y para los hombres, de 80. Después multiplicaron el promedio de hijos por el número de fallecimientos por COVID-19 para calcular el número de niños que perdieron a su madre o a su padre. Los cálculos fueron hechos para ambos sexos y por grupos de edad de los padres en intervalos de cinco años. También incluyeron el cálculo de niños que perdieron ambos padres.

En cuanto al deceso de los abuelos, el cálculo se limitó a dos pérdidas por niño. Los investigadores detallaron que el cálculo de pérdida de un cuidador primario no parental puede estar subestimado, pues no se consideró la posibilidad de cuidadores (tíos, primos y otros parientes).

Los resultados mostraron que para el 30 de abril de 2021 los países con la mayor cantidad de niños que perdieron a uno de sus cuidadores primarios eran México, India, Brasil, Estados Unidos, Perú y Sudáfrica, en ese orden. Y al ajustar la cantidad de huérfanos por cada mil niños, los países más afectados fueron Perú, Sudáfrica, México, Brasil, Colombia, Irán, Estados Unidos, Argentina y Rusia, con poco más de 10 huérfanos por cada mil niños en Perú.

Al analizar los resultados por sexo y edad de los fallecimientos, los científicos encontraron que con excepción de Sudáfrica, los fallecimientos de padres fueron mayores, comparados a los de las madres. Los rangos entre los países variaron entre 1,6 hasta 5,9 veces más huérfanos de padre que de madre, lo que quiere decir que habrá mayor número de mujeres que tendrán que encargarse de la crianza sin su pareja.

También se debe considerar que en los países del estudio hasta 23% de los niños es criado por solo uno de sus padres, por lo que para una cantidad considerable de niños el deceso del padre que los cría puede tener consecuencias extremas.

Los investigadores también encontraron que al incluir la pérdida de un cuidador secundario, abuelo u otro familiar que viviera con ellos, el número de niños afectados asciende a más de millón y medio. Esto es importante, porque otras investigaciones han demostrado que la presencia de cuidadores secundarios incrementa la posibilidad de tener empleo de los padres, asistencia a la escuela de los niños e incluso su desempeño escolar y habilidades de comunicación.[3]

El caso de México al día de hoy

Entre el 1 de marzo de 2020 y el 30 de abril de 2021, fecha de análisis de la investigación, en México 131.325 niños habían perdido a uno de sus padres; 74,59% sufrió la pérdida de su padre, 25,39% de su madre y 0,02% (que representa a 32 niños) perdió ambos padres. En ese momento México era el país con la mayor cantidad de niños afectados en el mundo, seguido por India, con 116.263, y Brasil, con 113.150.

Datos más actuales (19 de julio de 2021) indican que el acelerado aumento en los fallecimientos por COVID-19 en India ha llevado al país a los 227.000 casos de orfandad por la pandemia, siendo hasta hoy la nación con el mayor número de niños huérfanos por COVID-19, seguida de Brasil, cuyos números parecen aumentar constantemente y alcanzan los 151.677. México parece haber disminuido el ritmo de crecimiento del número de niños afectados, pero tiene un acumulado de 143.029 menores que perdieron a uno o ambos padres.

Estos datos pueden consultarse gracias a que el Imperial College London desarrolló un sitio web que presenta los datos actualizados, calculados con el método estadístico utilizado por Hillis y su equipo de investigación.[4]

En cuanto a los abuelos y otros parientes adultos mayores residentes en el hogar, se calcula que por lo menos 9.800 niños mexicanos perdieron a un abuelo que era su cuidador principal. Estos niños muchas veces ya habían sufrido la pérdida de sus padres y perder a su abuelo, como cuidador primario, los enfrenta a un segundo evento traumático, explicaron los científicos en el estudio.

A esto se suma a que por lo menos 62.427 niños en México perdieron uno o ambos abuelos que vivían con ellos y participaban como cuidadores secundarios en su crianza. Los abuelos y otros cuidadores secundarios brindan a los niños atención y soporte económico, y su pérdida puede tener efectos negativos en la salud mental, el comportamiento socioemocional y el desempeño educativo de los menores.[3]

Los niños, las víctimas ocultas de la pandemia

El alto número de fallecimientos en adultos ya había dejado a gran cantidad de niños sin sus padres o cuidadores primarios durante las pandemias de VIH/sida, ébola y la influenza de 1918.

"La evidencia de pandemias previas muestra que las respuestas no efectivas ante la pérdida de un padre o un cuidador, incluso cuando hay un padre o cuidador sobreviviente, puede ocasionar afectaciones en el estado psicosocial, neurocognitivo y socioeconómico de los niños", explicó Hillis en el estudio.

De manera más específica, niños y adolescentes incrementan su riesgo de sufrir estrés postraumático, depresión e intentos de suicidio.

Martha Zanabria Salcedo, Ph. D.

Existen estudios teóricos, como los del psicoanalista John Bowlby, que hablan sobre la importancia del apego y del establecimiento de vínculos, y que concluyen que estas pérdidas pueden tener consecuencias a largo plazo en la salud mental de los niños, explicó Martha Zanabria Salcedo, Ph. D., licenciada en psicología educativa e investigadora y profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en Xochimilco, México, quien ha trabajado en el tema infancia y casa-hogar.

"Desde el punto de vista de la salud, es muy grave el impacto de estas pérdidas en la infancia, y requiere atención inmediata. Los efectos de desarrollar un apego inseguro o desorganizado pueden ser inmediatos y a largo plazo. Además se puede perder un proceso muy importante: la resiliencia. Bowlby afirmaba que esta capacidad de salir adelante ante la adversidad es influida por el patrón de apego o los vínculos desarrollados con el cuidador durante los primeros doce meses de vida", detalló la especialista.

Posibles soluciones ante la problemática

Hillis y sus colaboradores concluyeron que ante la doble problemática, la pandemia y la orfandad, la principal respuesta debe ser la prevención del deceso de padres y cuidadores mediante el acceso pronto y equitativo a las vacunas, así como a las pruebas de detección y la atención médica para combatir la COVID-19. "Aunados a todos los programas para ayudar a los niños afectados y a sus familias, se debe seguir prestando primordial atención a las medidas personales de protección que eviten la diseminación del SARS-CoV-2".

Zanabria estuvo de acuerdo, especificando que la principal acción es la prevención. Sin embargo, ante la pérdida del cuidador principal hay que incidir en el logro de un vínculo confiable y seguro que depende de un cuidador constante, aun no siendo la madre, y que se encuentre atento a las respuestas del bebé o el menor. También es necesario favorecer la capacidad de resiliencia para afrontar el abandono, la negligencia o la pérdida del cuidador primario.

"Los vínculos hacia personas significativas nos permiten afrontar la vida; al no tener padres o cuidadores principales requerimos establecer vínculos seguros y duraderos que nos acompañen en los momentos de crisis", comentó.

Zanabria, quien ha trabajado con la experiencia de niños y adolescentes en casas-hogar, explicó que durante muchos años estas instituciones han sido la única opción para los niños en situación de orfandad, pero que lo ideal sería tener una respuesta inmediata, que se enfoque en los derechos de la infancia y que ofrezca la opción de vivir con una familia acogedora y en comunidad.

"En México, desde 2016 se está implementando un programa de familias de acogida que ofrece la posibilidad de vivir en una familia mientras se resuelve su situación crítica. Esto permite decidir un proceso de adopción o de manera preferente localizar, evaluar, capacitar y apoyar a familiares con quienes pueda integrarse el niño, niña o adolescente en su familia y comunidad", señaló la investigadora.

Por otro lado, el Gobierno de México, a través de la Secretaría de Educación Pública, declaró que dará acceso prioritario a los menores en situación de orfandad por COVID-19 a los programas de becas para la educación básica y la educación media superior. En ambos casos se entregará una beca de 800 pesos mexicanos (aproximadamente 40 dólares estadounidenses) mensuales por cada niño o adolescente en orfandad.

Para el grupo de científicos liderados por Hillis, los programas de respuesta ante este problema deben buscar fortalecer a los miembros sobrevivientes de las familias para que logren tomar la tutela de los niños y evitar la separación y la institucionalización. Para ellos, las aproximaciones que combinan los apoyos económicos a las familias, las intervenciones para una crianza y paternidad positiva, y el apoyo educativo, pueden ser las soluciones más efectivas, pues más de un millón de niños no debe ser abandonado.

Hillis, Ph. D. y Zanabria, Ph. D., han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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