COMENTARIO

Exceso en la ingesta de sal: recomendaciones prácticas para vencer al enemigo silencioso

Dr. Alejandro Ezquerra Osorio; Dr. José Horacio Cano Cervantes

Conflictos de interés

1 de abril de 2021

COLABORACIÓN EDITORIAL

Medscape &

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La hipertensión arterial sistémica es una enfermedad crónica producida por diversos factores, dentro de los cuales destaca la ingesta excesiva de sodio. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Medio Camino 2016 (ENSANUT MC 2016), en México la prevalencia de hipertensión es de 45,6%.[1] Solo la mitad de estos pacientes está controlada y únicamente 20% realiza modificaciones en su estilo de vida. En otros países, como Estados Unidos, solo 9,6% sigue la recomendación de restricción de sodio.[2]

En pacientes con hipertensión, en su guía de 2017, la American Heart Association recomendó limitar la ingesta de sodio a < 1,5 g/día con el fin de reducir la presión arterial. En el año 2018 la guía de la European Society of Cardiology recomendó restringir el consumo de sodio a < 2 g/día, equivalente a < 5 g/día de sal.

¿Cómo puede el médico explicar de forma práctica la reducción de sodio a su paciente?

En el día a día, sal y sodio se usan como sinónimo. Sin embargo, 1 g de sal tiene 400 mg de sodio, es decir, la sal es solo 40% sodio y el 60% restante es cloro. Una cucharadita con sal equivale a 5 g, el límite marcado por la guía de 2018. Existe evidencia de que el consumo mayor a esa cantidad está asociado con aumento de la presión arterial, eventos cardiovasculares y otros eventos no cardiacos, como nefrolitiasis por calcio y cáncer de estómago.[2]

Un metanálisis demostró que limitar la ingesta de sal disminuye eventos cardiovasculares y reduce 8,1 mm Hg la presión sistólica en pacientes mayores de 55 años, 4,8 mm Hg en hipertensos de 23 a 41 años y 2 mm Hg en normotensos.[2] Este efecto es mayor en personas afroamericanas, con obesidad, adultos mayores, personas con diabetes y enfermedad renal crónica, a quienes se les conoce como sensibles a la sal.[2,3]

Además de las ventajas mencionadas, la restricción de sodio incrementa la eficacia de ciertos fármacos utilizados de primera línea para el tratamiento de la hipertensión, como los bloqueantes del sistema renina-angiotensina y las tiazidas.

El exceso de sodio intravascular promueve el incremento de volumen plasmático resultando en aumento de la presión arterial por el gasto cardiaco elevado. Otro mecanismo asociado es que la elevación de sodio intracelular introduce calcio a las células, lo que produce constricción vascular aumentando las resistencias periféricas. Recientemente se ha propuesto que el sodio extravascular se une a glucosaminoglicanos iniciando un proceso de inflamación, liberando interleucina-17 y ocasionando fibrosis, inflamación y resistencia vascular, que culminan en hipertensión.[4]

La disminución de la presión arterial limitando la ingesta de sodio es añadida al efecto de los fármacos, pero ¿cómo puede una persona mantener de por vida la ingesta reducida de sodio de forma sencilla? La guía 2017 recomienda comer alimentos frescos y con poco sodio, utilizar especies para sazonar sin sal y evitar añadir sal en la mesa. El paciente comprende erróneamente no añadir sal a los alimentos, siendo difícil mantener este hábito de comer "sin sabor" durante años. La guía 2020 de la International Society of Hypertension lo hace más práctico y se limitó a no indicar un número y simplemente recomendó reducir la cantidad de sal al preparar alimentos y evitar el consumo de alimentos altos en sodio.[5]

Para algunos autores la evidencia aún no es concluyente, ya que al no existir grandes estudios aleatorizados demostrando la eficacia de reducir la ingesta de sodio a < 2,3 g/día la evidencia se basa en estudios observacionales que sugieren que el consumo moderado de sodio no está asociado con aumento en el riesgo cardiovascular, existiendo este riesgo únicamente cuando la ingesta es ≥ 5 g/día.[6]

Hace millones de años, cuando solo se consumían alimentos naturales, la ingesta de sal era de 0, 5 g/día; actualmente esto es muy difícil de lograr debido al uso de la sal como conservador.[7] En Estados Unidos, 77% de la ingesta diaria de sal proviene de alimentos procesados o al comer en restaurantes, 13% de la naturaleza de los alimentos y solo 13% corresponde a la sal de mesa o para cocinar (figura 1).[8]

En ese mismo país, en promedio se consumen 10 a 12 g de sal al día, considerándose consumo alto (tabla 1), similar a Japón, con 10,6 g de sal al día.[9] Desafortunadamente en México no existen datos acerca del consumo de sal.

Tabla 1. Clasificación de la ingesta de sal

Ingesta de sal Gramos sodio Gramos sal Cucharaditas
Baja < 2,3 g/día < 5,75 g/día < 1
Moderada 2,3 a 4,6 g/día 5,75 a 11,5 g/día 1 a 2
Alta > 4,6 g/día > 11, 5g/día > 2

En un seguimiento a 7 años de pacientes normotensos, la reducción de 2 g de sal diaria redujo 35% la incidencia de hipertensión.[2] Debido a que la mayoría de la sal ingerida no viene de la sal agregada en la mesa, como siempre se ha creído, sino de la comprada en el supermercado (figura 1), lo adecuado es tomar acciones al adquirir los alimentos.

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