COMENTARIO

Médico pasa por tiempos oscuros y conquista a sus demonios

Comentarios del libro «Long Walk Out of the Woods: A Physician's Story of Addiction, Depression, Hope, and Recovery»

Dra. Dinah Miller

Conflictos de interés

28 de agosto de 2020

El Dr. Adam B. Hill está de "vacaciones en casa" esta semana. Hoy tomó una siesta de 3 horas. Lo sé porque lo sigo en Twitter, donde tiene un feed activo, muchas publicaciones, retuits y más de 20.000 seguidores.

También sé por Twitter que es casado y tiene tres hijos pequeños, que una vez tuvo tendencias suicidas y que ha sido tratado por depresión mayor y alcoholismo. Como médico de cuidados paliativos, la junta médica estatal exigió al Dr. Hill que soplara en un alcoholímetro varias veces al día durante 5 años, algo por lo que se sintió bastante avergonzado y, aunque no lo conozco en persona, me sentí un poco orgullosa de este extraño cuando fue liberado de la supervisión de la junta médica.

Las memorias del Dr. Hill, Long Walk Out of the Woods: A Physician's Story of Addiction, Depression, Hope, and Recovery (Central Recovery Press, 2019) es la culminación de sus esfuerzos por utilizar sus dificultades como una forma de ofrecer esperanza y conexión con cualquiera que haya luchado como él, o que haya tenido dificultades. Al igual que su cuenta de Twitter, es una muestra de vulnerabilidad y gratitud por parte de alguien que ha pasado por tiempos oscuros y que ha conquistado a sus demonios.

Empieza preparándonos el escenario. "Mi nombre es Adam", anuncia en el prefacio. Nos indica sus diversos títulos: ser humano, esposo, padre, médico, alcohólico en recuperación y paciente psiquiátrico. "En medio de estas luchas, trabajar en la medicina moderna fracturó mi identidad, robó mi autenticidad y me dejó siendo un caparazón de la persona que quería ser".

Nos enteramos que intentó comprar un arma, pero que había un periodo de espera y no pudo adquirirla. En cambio, caminó hacia el bosque para beber hasta morir, con pastillas para dormir como complemento, obviamente no murió y su viaje de regreso tras su fallida misión suicida es la parte central del libro.

El Dr. Hill era un niño tranquilo y tímido, el acoso que sufrió en la escuela ha perdurado en su vida. Lucha con el perfeccionismo y con sentir que nunca pertenece del todo. Fue buen estudiante y luego tenista competitivo que estaba destinado a una competencia regional hasta que se rompió el tobillo después de beber unos días antes de esta. Le fue bien en la universidad, se sintió más aceptado y fue a la escuela de medicina tras salir de la lista de espera.

Luego hizo una residencia en pediatría y él y su esposa se mudaron de Indiana a Carolina del Norte para hacer una especialización en hematología oncológica. Fue hacia el final de su especialización de 2 años cuando trató de comprar un arma y caminó hacia ese bosque.

Su esposa lo llamó, le pidió que fuera a cenar y se fue del bosque antes de sufrir una sobredosis. Después de una reunión con su esposa, padres y hermana, regresó a la atención psiquiátrica, reinició los antidepresivos, fue a Alcohólicos Anónimos y le dijo a su jefe que tenía un problema. Esta admisión inició una serie de eventos angustiantes, incluidos años de ser monitoreado por las juntas médicas estatales y ser etiquetado como "médico con limitaciones".

Esto es lo único que no me gustó de las memorias del Dr. Hill. Tan abierto como es sobre su vida emocional, faltaban algunas piezas con respecto a lo que realmente sucedió. Hasta ese punto estaba desconcertada sobre por qué él mismo había informado sus problemas y hasta que habló sobre su plan de comenzar una segunda especialización en cuidados paliativos en su estado natal de Indiana pude completar algunas piezas faltantes.

El Dr. Hill y su esposa compraron una casa, y en noviembre comenzó su formación. Inició en un momento diferente al comienzo habitual, que es en julio, y me di cuenta de que tal vez había sido hospitalizado durante varios meses. Su revelación a su empleador fue voluntaria, pero su tratamiento probablemente interfirió con su entrenamiento y no podría ocultarlo. ¿Qué más sucedió? Insinúa que hubo botellas escondidas, que condujo en estado de ebriedad y que una enfermera le dio hidratación intravenosa al llegar al trabajo con resaca.

A partir de aquí, la historia del Dr. Hill se convierte en la pesadilla de todo médico. Instalado en su nueva casa y semanas después de haber iniciado su especialidad, le llaman y lo despiden. Su solicitud para obtener la licencia médica en Indiana había sido denegada debido a su historial de adicción. Se reunió con un amigo de su padre que trabajaba en una clínica de pediatría. La reunión fue bien, pero el grupo sintió que corría gran riesgo de negligencia.

Necesitaba pagar su hipoteca y préstamos estudiantiles, por lo que tomó un puesto en Oklahoma en el Indian Health Service. Estaba a 1200 kilometros de su casa, viviendo solo en una habitación de hotel, con un trabajo que consideraba por debajo de él, el capítulo en que relata esto se titula "Exilio". Su nuevo jefe lo recibió diciendo: "Escucha, todos tenemos nuestras propias historias que nos trajeron hasta aquí".

Sorprendentemente, le gustó el trabajo y se sintió apoyado. De no haber sido por toda esa soledad, como era de esperar, recae a pesar del alcoholímetro obligatorio. Seis cervezas más tarde, el Dr. Hill va a Chicago para un programa de rehabilitación, luego regresa a Oklahoma para terminar su periodo.

Lo que sucedió después es la segunda vez que me pregunté qué pasaba en la trama de su vida. En "Conexiones y concesiones", regresa a Indiana para la formación en cuidados paliativos y sigue trabajando en el Riley Children's Hospital.

Cuando un colega muere inesperadamente por suicidio, el Dr. Hill comenta que en algún momento también tuvo pensamientos suicidas. La historia a partir de aquí es cada vez mejor. Usa su historial de adicción y depresión para ayudar a otros, a los pacientes, a sus padres y a otros profesionales médicos, a conquistar su vergüenza, a compartir sus historias, a sentirse menos solos. Él y su esposa se convierten en padres, se mantiene sobrio y saludable, y la terapia lo lleva a un lugar de autodescubrimiento y éxito.

Entrelazado con la narración de su historia, el Dr. Hill aborda algunos problemas institucionales que rodean la adicción y las enfermedades mentales. Se siente humillado y castigado por la junta médica estatal que dicta los términos de su licencia médica. Cualquier médico que lea este libro lo pensará dos veces antes de revelar un diagnóstico de depresión o trastorno por uso de sustancias. No es una idea nueva que, para proteger al público, las juntas médicas deban preguntar sobre los problemas actuales, no sobre antecedentes o afecciones que se hayan tratado con éxito. Deben promover el tratamiento, no castigar a quienes buscan atención.

El Dr. Hill escribe sobre lo útil que ha sido permitirse ser vulnerable después de las consecuencias:

"En mi experiencia, cuanta más vulnerabilidad demuestro más oportunidades tengo para conectarme con otras personas. Aprendí de la manera más difícil que cuando oculto mi verdadero yo a los demás me lleno de vergüenza. Por el contrario, cuando entierro mi vergüenza empiezo a aceptarme como un ser humano maravillosamente imperfecto, y mi perspectiva del mundo lo refleja. Un giro en mi vulnerabilidad me ha abierto conexiones con otras personas, al tiempo que me alejo de la lástima, los juicios, el miedo y la vergüenza. Mientras tanto, cuando abro espacios para discutir mi vulnerabilidad se dan conversaciones abiertas y honestas sobre las condiciones de salud mental a mayor escala. Pero nunca hubiera aprendido estas lecciones sin haber sido tocado por esta enfermedad".

Quizá lo que más me gustó de las memorias del Dr. Hill es que propone algunas soluciones. Habla sobre la importancia de luchar contra el estigma, cómo lo encuentra en todas partes y cómo el campo médico equipara las enfermedades mentales con la debilidad, perpetuando así un ciclo de autocrítica en quienes las padecen.

En cuidados paliativos las pautas sobre cómo comunicar malas noticias a una familia incluyen utilizar el acrónimo EPICEE (Entorno, Percepción, Invitación, Comunicar, Empatía y Estrategia).[1] El Dr. Hill sugiere usar este formato para discutir la salud mental y las adicciones con pacientes, colegas y estudiantes.

Habla de tener "rondas de compasión" para brindar un espacio seguro para que entre colegas hablen sobre sus reacciones emocionales al tratar a niños muy enfermos. Y habla sobre brindar atención de salud mental opcional a los estudiantes; él programa a todos sus residentes para una sesión de terapia; pueden cancelarla sin repercusiones, pero esto sirve para "normalizar" la búsqueda de atención. Me encanta la idea de que cada residente tenga a alguien con quien se haya reunido al menos una vez a quien pueda llamar si las cosas se ponen difíciles.

El Dr. Hill añade: "Como resultado, una vez que las conversaciones secretas sobre ir con un terapeuta ocurren abiertamente, los médicos se sienten más cómodos yendo".

Las memorias del Dr. Hill son breves. Presentan una lectura interesante, su franqueza es refrescante y su súplica para que los médicos sean vistos como seres humanos con problemas humanos es muy necesaria en la medicina actual. Gracias, Adam.

La Dra. Miller es coautora de "Committed: The Battle Over Involuntary Psychiatry Care" (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2016). Tiene una práctica privada y es profesora asistente de psiquiatría y ciencias del comportamiento en Johns Hopkins, ambos en Baltimore, Estados Unidos. Ha declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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