COMENTARIO

Mujeres, madres, ginecología y el impacto de la nueva normalidad

Una mujer, madre y médica en tiempos de COVID-19

26 de agosto de 2020

Nota de la editora: Encuentre las últimas noticias y orientación acerca de la COVID-19 en el Centro de información sobre el coronavirus (SARS-CoV-2).

Cuando la eterna pandemia por COVID-19, los desastres naturales, las "esperanzadoras declaraciones matutinas" y algún brote esporádico de peste bubónica acechando en la frontera nos hacían pensar que habíamos eliminado casi todas las plagas del antiguo testamento de nuestra lista y nada podía ir peor, todo cambió a algo que los eruditos gatellianos llamaron "nueva normalidad".

A quienes hayan comenzado la lectura les informo que lo que narraré no lo van encontrar en Nature, Lancet o cualquier otro medio científico. Sin embargo, qué más hubiera querido que aprenderlo en la universidad o leyendo un artículo científico. Tampoco quiero herir sensibilidades machistas o feministas, porque hablo desde el conocimiento empírico de mi propia circunstancia, por lo que, como dice el horóscopo (si, mea culpa, también he recurrido al horóscopo en pandemia como medida desesperada): toma lo que te sirva, y lo que no, déjalo ir.

Aunque la pandemia comenzó rememorando a nuestro querido Gabriel García Márquez con su obra El amor en los tiempos del cólera y a estas alturas anhelando su final feliz, después de 5 meses de pseudoconfinamiento (digo pseudo porque he salido a trabajar), se va pareciendo más a su obra Crónica de una muerte anunciada, mezclada con la icónica película de mi paisano Almodóvar: Mujeres al borde de un ataque de nervios.

Y fue esta semana, en una soleada mañana de agosto, cuando su servidora, sentada como zarigüeya, frente a la pantalla de la computadora, rodeando cariñosamente con el brazo a mi retoño de 6 años con flequillo repeinado para atrás como lamido por vaca, bien vestidos de cintura para arriba y en pijama y chancletas de cintura para abajo, esperábamos sonrientes conocer a la nueva miss en nuestra primera videoconferencia del curso a través del famoso Zoom; todo parecía ir on line (y lo digo con amarga ironía porque veo muy lejana la vuelta al cole físicamente), hasta que la maestra nos mostró sin piedad alguna el horario escolar: conexión ininterrumpida desde las 08:00 h hasta las 14:30 h y entrega de trabajos antes de las 15:00 h. Fue entonces cuando toda la pandemia pasó ante mis ojos y comprendí que la nueva normalidad llegó para quedarse. 

Entiendan ahora mi estado de shock e hipoperfusión tisular, que solo es comparable al día que hago la compra y llego como mula de carga a desinfectar cada lata de frijoles.

Aunque han sido meses muy difíciles, he hecho lo humanamente posible, con la esperanza de que sería una situación temporal, pero en este momento, sin alcanzar el porcentaje de inmunidad necesario para confiar en la inmunidad poblacional, y con una vacuna aún lejos de ser considerada solución masiva y segura, no me queda más remedio que hacer del término resiliencia mi bandera, y seguir adelante, no sin antes desahogarme, gritar como histérica (hystericus: útero, para que parezca más científico) y escupir a todo aquel que crea que es posible la conciliación sin perder la cordura, la profesión, la independencia o algo tan terrenal como la vida sexual.

Nada presagiaba lo peor cuando mis padres vinieron a visitarme en Navidad, sin saber lo que se avecinaba los meses siguientes, se convirtieron en visionarios cuando me regalaron mis primeros Airpods, y digo visionarios, porque desde que inició la pandemia se han convertido en mi mejor instrumento de trabajo.

Como buena madre que se precie de serlo, di vacaciones a la señora del aseo para disminuir el riesgo de contagio y el flujo de personas en casa, por lo que cada mañana me ponía mis AirPods, y ya fuera al ritmo del himno pandémico "resistiré", contestando las urgencias de mis pacientes, o escuchando toda la información disponible del nuevo virus, realizaba las tareas domésticas, mantenía a mi niño pegado con velcro a la silla para que la maestra le hiciera la foto finish de asistencia, mientras por detrás de la pantalla perdía los nervios explicándole matemáticas con frijoles de mil colores.

Corría escaleras arriba y abajo, porque al recibir información diferente por cada oreja cuando llegaba a un lugar no recordaba cómo ni porqué había llegado hasta allí; hacía la comida mientras citaba a las pacientes, y en más de una ocasión el banquete terminó en catástrofe total por incendio accidental, aunque también publiqué en redes la foto de rigor, haciendo repostería o algún baile que espero no trascienda (por reputación profesional).

En la tarde pasaba consulta y programaba cirugías a las 5 de la mañana para llegar a tiempo de poder turnarme con mi esposo, también médico, que da consulta matutina, y rezando (destaco que mi sentimiento religioso se ha intensificado en la pandemia) para que si alguna de mis pacientes se ponía de parto, lo hiciera en la madrugada para llegar a tiempo de sentarme con el niño a sus clases matinales.

Una noche, agotada y con la cara edematosa de llevar la mascarilla toda la jornada, mi amado y prestigioso esposo, después de ganar su tercer campeonato de tenis online de la pandemia y agotar todas las series de superhéroes de Netflix, tuvo a bien de hacer un comentario algo desafortunado sobre mi aspecto físico y desaliñado durante la pandemia; en ese momento creo que me leyó la mente o realmente lo proyecte, no sabría explicarlo bien, pero ahí estaba yo, transformada en una mantis religiosa gigante de color verde arrancándole la cabeza a mi marido de un mordisco y riéndome a carcajadas.

Duré poco en la ensoñación y me fui al espejo. Efectivamente, aunque los requerimientos pandémicos de no maquillaje, cabello recogido y no aretes habían jugado a mi favor por practicidad y rapidez, en ese momento me vi las ojeras, los surcos de la mascarilla sobre la cara edematosa y el cabello despeinado junto con alguna que otra cana, fruto del efluvio telógeno por estrés o como le han llamado mis pacientes "COVIDCIE" transitoria. La disminución de la libido pandémica se sobreentiende por la sumatoria de estrés, cansancio y el oscuro deseo de arrancarle la cabeza a mi marido.

Atendiendo a mis oraciones, una noche reciente se puso de parto una de mis pacientes; con mi equipo de rigor, blindada hasta los dientes, conduciendo en la madrugada, llegué al hospital con la esperanza de que dilatara rápido y el parto se efectuara sin complicaciones.

Las horas pasaron y llegó el momento: allí estaba una niña preciosa, llorando a pleno pulmón y unos padres primerizos temerosos y emocionados, y yo siendo consciente por primera vez de lo afortunada que soy de presenciar cada día el milagro de la vida, y cómo, a pesar de todas las vidas perdidas en estos tiempos, tengo el privilegio de cuidar a las que están por venir.

Al llegar a casa pude escuchar unas pisadas rápidas y saltarinas que se hicieron presentes casi al instante delante de mí, con la alegría y vitalidad de haber tenido un sueño tranquilo y reparador, una voz me dijo: "¿Mami, te puedo abrazar?", y en ese momento sentí por segunda vez en pocas horas lo afortunada que soy de tener un hijo que a pesar de estar confinado desde el 13 de marzo no pierde la sonrisa ni la esperanza de verme cada día para pelear haciendo matemáticas o divertirnos jugando lego.

Y la tercera fortuna del día fue encontrar a la señora del aseo (a la que adoro) de vuelta en casa con su equipo de protección pertinente y percatarme del trabajo tan importante que realiza para mí, gracias a mi decapitado marido que la reinsertó de nuevo.

Quiero dar gracias a Medscape por mantenerme actualizada mientras reviso su contenido esperando que termine la lavadora; a la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia por enviarme diario cada artículo referente a mi especialidad y a COVID-19, y ahorrarme el tiempo en búsquedas cibernéticas; al grupo de Facebook de México Médico Informado. COVID 19, porque me enseñó todo lo que sé sobre equipo de protección y dónde conseguirlo; a mis padres por mis AirPods que me permitieron ser multitask, y al clubdelasmalasmadres.com por hacerme sentir mejor.

Y todo me lleva a reconocer que tengo al mejor hijo del mundo y lo amo; que nunca conseguiré una estrella Michelin; que odio ser ama de casa; que me encanta mi profesión; que la conciliación no existe; que merezco y necesito tiempo para mí, sin que eso me haga sentir mal; que prometo no volver a decapitar a mi marido, y que la nueva normalidad, como ya les dije, llegó para quedarse.

Firma una mujer, madre y médica de entre todas las que luchan cada día por hacer de este mundo un lugar mejor para nuestros hijos, nuestros mayores y nuestros pacientes.

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