COMENTARIO

Dr. Eric Topol: Estados Unidos traiciona al personal sanitario en el desastre del coronavirus

Dr. Eric Topol

Conflictos de interés

9 de abril de 2020

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El año 2020 comenzó con médicos, enfermeras y todo el personal sanitario estadounidense desanimados, en un profundo estado de desgaste profesional, con las peores tasas de depresión y suicidios que se hayan registrado. De hecho, esto no se limitó a Estados Unidos; se había diagnosticado un desgaste profesional global epidémico.[1] Pero las cosas iban a empeorar considerablemente para el personal sanitario.

En diciembre de 2019 en Wuhan, China, brotó una epidemia de neumonía con gran mortandad. Se secuenció el patógeno el 5 de enero de 2020 y se determinó que era un nuevo coronavirus al que después se le designó SARS-CoV-2.[2] En Estados Unidos, el 21 de enero se diagnosticó COVID-19, la enfermedad causada por SARS-CoV-2, al primer paciente (en Seattle); esto ocurrió en las primeras 24 horas después de que se diagnosticó al primer paciente en Corea del Sur, un país clave para comparación (figura adaptada de Our World in Data ).[3]

Figura 1. Pruebas para COVID-19 en Estados Unidos y Corea del Sur.

La primera fase: propagación "silenciosa" en Estados Unidos

A diferencia de Corea del Sur, donde rápidamente se iniciaron las pruebas para COVID-19 utilizando la prueba de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Estados Unidos se rehusó a utilizar la prueba de la OMS, optando por desarrollar una propia a través de Centers for Disease Control and Prevention. Pero la prueba del Centers for Disease Control and Prevention  finalmente resultó fallida, lo que representa uno de los múltiples tropiezos del gobierno.[4] Sin una prueba adecuada, transcurrieron casi 50 días desde los primeros pacientes diagnosticados en los dos países, antes de que Estados Unidos comenzara a incrementar las pruebas. ¿Por qué esto es tan decisivamente importante?

Durante esta fase extendida en Estados Unidos hubo innumerables pacientes que presentaron neumonía y síntomas de las vías respiratorias que acudían a las salas de urgencias, a los centros de atención urgente y a los consultorios de los médicos. Sin la capacidad para establecer el diagnóstico de COVID-19 o incluso sospecharlo, esos pacientes inadvertidamente propagaron su infección al personal sanitario.

Asimismo, durante esta primera fase de propagación probablemente hubo, aunque todavía no se ha validado, una tasa elevada (alrededor de 30%) de portadores asintomáticos de COVID-19, lo que aumentó más las probabilidades de que médicos y profesionales sanitarios se infectaran.

A título de comparación, durante el mes de febrero Corea del Sur realizó más de 75.000 pruebas (frente a solo 352 en Estados Unidos), y adoptó las mejores prácticas recomendadas por la OMS, que incluyen pruebas masivas, rastreo de cada contacto de una persona infectada, y pruebas realizadas a esa persona, cuarentena de todos los casos conocidos, y distanciamiento social.

Estados Unidos no implementó ninguna de esas medidas. En lugar de ello, los funcionarios una y otra vez tomaron malas decisiones que pusieron en riesgo la salud pública, y la del personal sanitario encargado de atender al público.

Corea del Sur, mientras tanto, se adelantó a su epidemia y se convirtió en un modelo en el mundo por la forma en que esto se logró. Sin embargo, no fue solo Corea del Sur la que reaccionó bien. Como resumió Atul Gawande, Singapur y Hong Kong también adoptaron todas las prácticas recomendadas por la OMS, entre ellas, proporcionar protección a su personal sanitario.[5] En los dos lugares se esperaba que los profesionales sanitarios utilizaran mascarillas quirúrgicas para todas las interacciones con los pacientes. Esa práctica presagió la segunda fase de fracaso en Estados Unidos.

La segunda fase: la guerra sin munición

Aunque Seattle es donde se presentó el primer grupo de casos, fue el número descontrolado de pacientes diagnosticados en la ciudad de Nueva York a principios de marzo lo que condujo a la plena comprensión de cuán mal estaba el país en materia de equipo de protección personal, camas de unidades de cuidados intensivos y respiradores mecánicos.

La grave e inexplicable falta de mascarillas fue bien recapitulada por Farhad Manjoo en: Cómo el país más rico del mundo se quedó sin una mascarilla de 75 centavos, y la Dra. Megan Ranney, maestra en salud pública, y sus colaboradores, también describen las profundas deficiencias en equipo de protección personal y respiradores en una perspectiva publicada en NEJM.[6,7]

En conjunto, se creó una situación en la que el personal sanitario no contó con mascarillas (o las reutilizó por días y días) y careció de otro equipo de protección. Y aquí nos referimos a mascarillas de 75 centavos, no a las mascarillas con filtro N95, que son mejores para bloquear las gotitas de aerosol.

Sin embargo, compartir por necesidad el equipo no es algo que ocurra solo entre médicos y enfermeras; se extiende incluso a pacientes que comparten un respirador en las unidades de cuidados intensivos.

Por mencionar algunas cifras en torno a los respiradores, necesitaremos varios cientos de miles a un millón, pero tenemos solo 160.000 en todo el país.

Ya es bastante malo que Estados Unidos estuviera totalmente desprevenido para una pandemia y tenga tal escasez inimaginable de recursos necesarios. Pero la situación se pone aún peor. De forma generalizada, médicos y enfermeras son silenciados y amordazados por administradores para expresar sus preocupaciones, y castigados, o incluso despedidos, cuando las manifiestan.[8]

Mientras tanto, la carencia inadmisible de pruebas para COVID-19 ha continuado en esta segunda fase. Y con esto, las pruebas sistemáticas para el personal sanitario aún no han comenzado, pese a que desesperadamente se necesitan.

La tercera fase: los profesionales sanitarios ampliamente se infectan y fallecen

Volviendo a Wuhan, Li Wenliang, oftalmólogo de 33 años, fue uno, si no el primer médico, en alertar a la gente en China sobre el brote epidémico. Falleció el 7 de febrero de 2020. Pero ciertamente no fue el médico más joven en morir en China. Xia Sisi, gastroenteróloga de 29 años, también falleció después de una hospitalización de 35 días.[9]

Sin embargo, el 11 de marzo, desde la oficina oval, el presidente Trump declaró: "Las personas jóvenes y sanas pueden esperar restablecerse por completo y con rapidez".

Para finales de marzo más de 54 médicos en Italia ya habían fallecido, y en la región de Lombardía, en el norte de Italia, una de las regiones más afectadas en el mundo, 20% del personal sanitario, se había convertido en casos confirmados.[10] Ahora, en Estados Unidos, a medida que a gran cantidad de profesionales sanitarios se le está diagnosticando COVID-19 en Boston, Nueva York, y otras ciudades con los mayores números de casos, los médicos jóvenes están escribiendo su testamento y haciendo planes provisionales para sus funerales.[11,12]

Se suponía que COVID-19 no mataba a personas jóvenes, pero enfermeras y médicos jóvenes están muriendo en Estados Unidos. Hay muchas teorías respecto a por qué está ocurriendo esto, tal vez la más plausible sea la carga viral: la masa de inóculo de COVID-19.

Dado que el personal sanitario está expuesto a los pacientes más graves, a menudo sin acceso al equipo protector adecuado, la gran carga viral puede abrumar la capacidad de profesionales clínicos incluso jóvenes para desarrollar una respuesta inmunitaria suficiente que contrarreste la infección.

Que médicos y profesionales clínicos estén sucumbiendo ante el virus es más que una tragedia, pues muchos de estos individuos dedicados están muriendo innecesariamente como resultado de los fiascos de la omisión de pruebas y de la falta de equipo de protección personal.

No obstante, un daño mucho mayor en cifras es la pérdida temporal de profesionales clínicos a causa de infecciones y enfermedad. Esta es la otra curva de crecimiento exponencial mal reconocida: puesto que cada médico, enfermera, técnico en terapia respiratoria, socorrista y persona que cuida a pacientes, atiende de decenas a centenas de personas en un determinado momento, la pérdida de incluso uno de estos individuos tiene un efecto multiplicador enorme sobre la escasez de profesionales capacitados para atender a pacientes afectados, no menos la mezcla habitual de pacientes que no tienen COVID-19. Ningún número de graduaciones aceleradas de facultades de medicina (que se han anunciado) puede compensar dichas pérdidas, no solo en número, sino también en experiencia.[13]

La gestión de la pandemia de COVID-19 en Estados Unidos será recordada como el peor desastre de salud pública en la historia del país. La pérdida de vidas hará que el 9/11 y otras muchas catástrofes parezcan mucho más pequeñas en su escala de devastación. Tal vez lo que recordaremos más en la comunidad médica es cómo nuestro país nos dio la espalda en el momento en que más se necesitaban nuestros esfuerzos.

El Dr. Eric J. Topol, editor en jefe de Medscape, es uno de los 10 investigadores más citados en medicina y a menudo escribe sobre tecnología en la asistencia sanitaria, incluido su último libro, Deep Medicine: How Artificial Intelligence Can Make Healthcare Human Again.

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