COMENTARIO

Epidemiología del COVID-19: ¿qué significan realmente las cifras?

Dr. F. Perry Wilson

Conflictos de interés

24 de febrero de 2020

Bienvenidos a Factor de impacto, su dosis semanal de comentario sobre un nuevo ensayo de medicina. Soy el Dr. F. Perry Wilson.

Por lo general hablo sobre un nuevo estudio, centrándome en los datos y sus repercusiones más amplias. Esta semana quiero profundizar un poco en cómo funciona la epidemiología de las enfermedades infecciosas, utilizando, desde luego, el nuevo coronavirus de 2019 como un excelente ejemplo en tiempo real.

En el último mes habrán escuchado mucho sobre el nuevo virus, desde estudios publicados en las principales revistas médicas, que detallan series de casos, locutores jadeantes que preguntan si esta es la siguiente gripe española, hasta algunas declaraciones cautelosas de los funcionarios de gobierno encargados de contener la pandemia.[1]

Todos estos informes se centran en cifras: casos, periodos de incubación, tasas de ataque, tasas de mortalidad, número básico de reproducción. Como profesionales de la salud necesitamos tener una mejor intuición sobre lo que realmente significan estas cifras, cómo encajan con otras enfermedades infecciosas con las cuales estamos más familiarizados, y lo más importante, cómo pueden desestimarse, pues las fluctuaciones de estas estimaciones pueden hacer la diferencia entre un temor efímero y un completo pánico mundial.

Comencemos con lo importante: el número básico de reproducción, o R0. Este representa el número promedio de individuos susceptibles a los que una persona infectada transmitirá la enfermedad.

Considérese esto como la contagiosidad.

Existen dos factores importantes que determinan el número básico de reproducción: el número de contactos que las personas infectadas tienen mientras están en una fase infecciosa, y la tasa de ataque (el porcentaje de probabilidades de que un determinado contacto contraiga la enfermedad).

Lógicamente, si el número básico de reproducción es < 1, un brote epidémico de la enfermedad se desvanecería con el tiempo, y si es > 1, los casos continuarían aumentando. La gripe estacional, por ejemplo, tiene un número básico de reproducción de aproximadamente 1,5; la gripe española de 1918-1919 tuvo un número básico de reproducción de hasta 2.[2] La varicela, que es muy infecciosa, tiene un número básico de reproducción de alrededor de 5.[3]

Enseguida necesitamos notar algo. El número básico de reproducción claramente no es la medida de cuán terrible será una nueva infección. La gripe española produjo la muerte de 50 millones de personas en 1918. Preferiría la varicela a la gripe española cualquier día de la semana.

Luego está el índice de letalidad, el porcentaje de individuos infectados que fallecen a causa de la enfermedad. Los informes históricos ubican el índice de letalidad de la gripe española en cifras de hasta 10%.

Por tanto, si se quiere predecir cuán terrible será una nueva enfermedad, realmente lo que se debe analizar es el número básico de reproducción y el índice de letalidad. Por fortuna, los procesos evolutivos tienden a no favorecer enfermedades muy mortales; después de todo, un hospedero cadavérico no transmite más la enfermedad a otros. Las excepciones son algunos de nuestros trastornos más temidos.

Virus de inmunodeficiencia humana: antes de que se contara con tratamiento, con número básico de reproducción de alrededor de 6 a nivel mundial, y tasa de mortalidad de casi 100%. Viruela: con número básico de reproducción de 5 y tasa de mortalidad de 30% en personas no vacunadas. Peste bubónica: número básico de reproducción de 3, tasa de mortalidad sin tratamiento de 60%.

¿Dónde se encuentra el coronavirus en todo esto?

Bien, con un número básico de reproducción de 2,5 y un índice de letalidad notificado de alrededor de 2%, esto podría ser un problema importante.

Pero este 2% probablemente sea incorrecto.

Recuérdese que el índice de letalidad se define como el número de casos mortales dividido entre el número de casos totales. Probablemente identificamos con precisión los casos mortales; las personas que tienen esa gravedad por lo general terminan en hospitales. Pero estamos pasando por alto el número de casos totales por un margen enorme, tal vez incluso un orden de magnitud, pues en las personas asintomáticas y levemente sintomáticas es probable que no se hagan pruebas.[4] Si es así, deberíamos ver una disminución del índice de letalidad a medida que mejore la detección sistemática.

También podemos modificar el número básico de reproducción abordando los dos elementos que lo componen: el número de contactos que una persona tiene y la tasa de ataque de la enfermedad.

Limitar los posibles contactos puede lograrse a través de aislamiento y cuarentena.

La tasa de ataque se puede reducir con el uso de mascarilla, el lavado de manos, y desde luego, la vacunación, cuando se dispone de una vacuna.

El problema aquí radica en que esas intervenciones dependen de identificar casos, y todavía no se ha resuelto si la transmisión puede ocurrir en el periodo asintomático.

De acuerdo con el Dr. Anthony Fauci, los funcionarios chinos han declarado que cuentan con datos de transmisión asintomática (lo cual de ser verdad, es malo), pero cuán malo sea dependerá de otro factor epidemiológico: el periodo de latencia, que es el tiempo transcurrido entre la infección y los primeros síntomas.[5] Para el nuevo coronavirus, este al parecer es de cerca de 5 días, no demasiado prolongado.

Esto es bueno. La combinación de un periodo de latencia prolongado y una infección que se puede transmitir cuando no hay síntomas es una receta para el desastre. Véase de nuevo en el virus de inmunodeficiencia humana un ejemplo dramático de esto.

Hay mucho sobre el nuevo coronavirus que desconocemos, pero debo decir que me ha impresionado la rapidez con la cual la comunidad científica ha logrado reducir no solo estas cifras clave, sino otros elementos decisivos del control de la infección: identificación de posibles tratamientos, y desarrollo de vacunas. Las miradas de todo el mundo se dirigen a las cifras, y cabe esperar que ahora las cifras sean un poco más significativas.

No dejen de lavarse las manos.

El Dr. F. Perry Wilson, M.S.C.E., es profesor titular de medicina y director del Yale's Program of Applied Translational Research. Su trabajo de comunicación científica puede encontrarse en el Huffington Post o NPR, y aquí en Medscape. Twitea con la cuenta @methodsmanmd  y es anfitrión de un repositorio con su trabajo de comunicación en www.methodsman.com.

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