COMENTARIO

La trascendencia de la enseñanza en medicina, una forma de recordar la esencia

Dr. Alberto Olaya Vargas

Conflictos de interés

6 de noviembre de 2019

 

No cabe duda de que una de las 3 actividades más importantes que da sentido al deber del ser médico es la docencia.

Habitualmente no soy muy afín a las redes sociales, sin embargo, debo reconocer que una de sus ventajas es poder reencontrarse y mantenerse en contacto con personas que están a distancia; este fue el caso de mi compañera del internado de pregrado, Dra. Erika Rico, quien por motivos personales decidió radicar en Bolivia una vez que terminó su residencia como pediatra en el Instituto Mexicano del Seguro Social.

La Dra. Rico actualmente es académica de tiempo completo de la carrera de medicina en la Universidad del Valle de Bolivia, en la ciudad de Cochabamba, con la materia de inmunología, entre otras actividades que cumple como docente de esa institución.

A través de las redes sociales la doctora me dejó entrever la posibilidad de invitarme a participar en una reunión científica organizada y financiada por la Sociedad Científica de Estudiantes de Ciencias de la Salud Univalle (Scecsuv), que selecciona la participación de 3 profesores extranjeros entre una cartera muy amplia de propuestas para ocupar dichos lugares —información que recibí sobre el número de docentes propuestos y mi selección, ya estando en Cochabamba—.

Los alumnos de la Escuela de Medicina de la Universidad del Valle me contactaron, primero vía messenger, posteriormente por correo y finalmente por WhatsApp, para invitarme como docente a las actividades de su reunión académica.

Debo confesar que al inicio no me pareció nada atractiva la idea, mi atareada agenda sumada a una reunión de terapias blanco contra leucemia aguda linfoblástica a llevarse a cabo en Buenos Aires me hicieron dudar. Sin embargo, accedí y después de varios meses de no saber nada de la invitación, los alumnos se comunicaron conmigo para retomar el tema a apenas una semana del evento, cuando me hicieron llegar el boleto de avión.

Fue así que un domingo por la mañana inició mi viaje, primero en un vuelo de 6 horas de México a Lima, seguido de una escala de 8 horas en la que tras revisar correos electrónicos, escuchar música, avanzar en tareas pendientes y más lectura, consideré seriamente regresar a México. Pasadas las 8 horas cerca de la media noche volé a a Bolivia y ya a las 7 A.M. tomé el último vuelo —de 2 horas— la mañana del lunes arribé a Cochabamba.

Una ciudad multicultural y llena de estudiantes

Cochabamba es una ciudad al centro de Bolivia, en un cerro hacia el este un teleférico asciende a la enorme estatua del Cristo de la Concordia con vistas al área circundante; en el centro de la ciudad está la Plaza 14 de Septiembre, una plaza colonial rodeada de galerías, y la Catedral de San Sebastián, de arquitectura barroca andina.

Una vez que llegué a la ciudad llamó mi atención su población: como en toda ciudad de Latinoamérica, el sincretismo entre las poblaciones originales y el mestizaje poscolonial era predominante. Camino al hotel en el que me hospedaría observé una gran cantidad de jóvenes vestidos con uniforme y bata blanca, que lo mismo caminaban por las calles, subían y bajaban del transporte público o viajaban en sus autos.

También me llamó la atención la multiculturalidad en la calles, personas hablando en sus lenguas originales, otras con diferentes acentos de español, además de portugués; de hecho, las alumnas que acudieron por mí al aeropuerto —una de Perú y otra de Brasil—, me comentaron que Bolivia, y en especial la ciudad de Cochabamba, era una ciudad de estudiantes universitarios a la que acudían cientos de alumnos de diferentes países de la región, en especial a estudiar medicina; también me explicaron que la reunión a la que acudía era organizada por alumnos y financiada con recursos que ellos mismos generaban con sus inscripciones; el pequeño hotel que sería mi casa por 4 días, era cómodo, sin embargo, la resonancia de los ruidos del interior y exterior era difícil de ignorar.

De vuelta a la docencia de pregrado

No cabe duda de que una de las 3 actividades más importantes que da sentido al deber del ser médico es la docencia —las otras son la atención a los pacientes y la investigación—. A pesar del paso de los siglos y de los avances tecnológicos, no hay mejor forma de transmitir el conocimiento médico que a través de la íntima y cotidiana convivencia entre el profesor y sus alumnos en las aulas y a la cabecera del paciente.

Hace algunos años tuve la oportunidad de ser profesor de pregrado para diferentes universidades públicas y privadas; en aquellos años me caracterizaba por impartir las clases muy temprano, a partir de las 7 de la mañana, y preparaba mis clases por la noche, así que habitualmente llegaba con no más de 2 o 3 horas de sueño, pero siempre con 15 o 20 minutos de anticipación para recibir a los alumnos, iniciar con puntualidad y poder integrarme al resto de mis actividades, sin que estas se vieran afectadas.

Debo reconocer que me era muy molesto ver que los alumnos llegaran tarde, o lo que era peor, no prepararan la clase con el mismo interés que yo lo había hecho una noche antes; hubo ocasiones que cerré la puerta del aula en el Instituto Nacional de Pediatría con solo un alumno que había llegado a tiempo. Recuerdo que cada vez que preguntaba el tema de la clase y como respuesta encontraba un eco de silencio, más de una vez terminé de dormir a mis alumnos con un sermón sobre el ser y el deber ser del médico y la trascendencia de sus años de formación, la responsabilidad sobre el esfuerzo que sus padres y sus familias hacían para que ellos estuvieran ahí y no aprovecharan dicha oportunidad.

Con el paso de los años y con la adquisición de nuevas responsabilidades, consideré que no me estaba ocupando con la seriedad y formalidad que los alumnos de pregrado requerían, y de manera paulatina fui abandonado esa actividad .

Por tanto, tenía un poco de incertidumbre sobre la experiencia de estar nuevamente ante un grupo de alumnos de pregrado; esperaba que mi estancia en la Universidad del Valle fuera tranquila, ya que en 4 días de estancia solo tendría 2 intervenciones. Estaba equivocado, ya que ese mismo día acudí a la universidad para hacer un recorrido por el campus; como en toda universidad, se respiraban entusiasmo, alegría, cultura y conocimiento; mi primera sorpresa fue ingresar al auditorio donde se desarrollaban las conferencias y encontrar a más de 300 estudiantes atentos a la conferencia en turno.

Las actividades académicas de la reunión eran multidiversas, se reunían las actividades de diferentes escuelas de ciencias relacionadas con la salud: medicina, odontología, fisioterapia, y nutrición, entre otras. Dentro del campo de la medicina el congreso estudiantil se desarrollaba con perfección como un circo de 3 pistas; los alumnos participaban de conferencias en el auditorio, lo mismo que de la discusión de casos en inglés como un ejercicio para prepararse para aplicar a los exámenes de residencia de otros países de Europa y Estados Unidos, así como de sesiones en anfiteatros.

Dr. Alberto Olaya Vargas; Cortesía: Sociedad Científica de Estudiantes de Ciencias de la Salud Univalle (Scecsuv)

Inmediatamente me integré a estas actividades, participando de las conferencias que se me habían encomendado, en conversaciones y discusiones con alumnos y docentes, ya fuera en los pasillos o en las comidas; en cada oportunidad hablábamos sobre la trascendencia de la investigación como parte fundamental del desarrollo de la calidad de la medicina del cualquier país.

Una y otra vez compartí con los alumnos y docentes la posibilidad y obligación de realizar investigación, tanto clínica como traslacional, sin importar la limitación en los recursos; compartí ejemplos y anécdotas personales ocurridas desde la escuela de medicina hasta la época actual para destacar el hecho de que debemos aprovechar cada oportunidad que ofrece esta estupenda profesión. Asimismo, les comenté sobre la importancia que tienen los profesores para ir generando modelos a los alumnos y cómo estos profesores deben trascender hacia sus alumnos, convirtiéndose en sus mentores.

Aprendizaje bidireccional

Nuevamente tuve la oportunidad de pararme frente a un aula y transmitir a una nueva generación de jóvenes, más allá de mis conocimientos, mi pasión por la profesión; sabía que la información que les trasmitiera podría ser limitada, pero la emoción por aprender y generar conocimiento en un futuro sería mucho más significativa.

De esta manera, lo que pensaba sería una semana larga con mucho tiempo para hacer mis pendientes de vida, se transformó en una grata experiencia de aprendizaje bidireccional.

Durante mi viaje de Cochabamba a Buenos Aires —ciudad donde recuperé mi status quo— medité sobre la responsabilidad que los médicos tenemos ante la oportunidad y fortuna de formar parte del proceso de la educación. Considero que la medicina sigue siendo una ciencia envuelta en arte que se aprende a través del conocimiento significativo que nuestros profesores y mentores nos trasmiten (para bien o para mal) en las aulas y a la cabecera del paciente, por tanto, es una gran responsabilidad ocuparnos de nuestros alumnos y hacer que su tiempo a nuestro cargo valga la pena y sea de calidad, así como evitar esas imágenes de grupos de jóvenes estudiantes de medicina abandonados frente a las aulas o en los pasillos de los hospitales porque en la lista de prioridades de sus profesores solo representan un estatus curricular.

Fernando Asturizaga Camacho / tesorero SCECSUV; Claudia Adriana Rossell Orozco / miembro activo SCECSUV; Andy Rivera Fuertes/ financiero Simposio; Dr. Alberto Olaya Vargas; María Alejandra Pecorari Añez / presidente SCECSUV. Cortesía: Sociedad Científica de Estudiantes de Ciencias de la Salud Univalle (Scecsuv)

De esta manera fue que un viaje a una ciudad del centro de Bolivia, y gracias a la oportunidad de ser considerado por los alumnos de la Universidad del Valle, me permitió recordar el origen y la esencia de mi deber ser como profesor y mentor.

El Dr. Alberto Olaya Vargas es jefe del  Programa de Trasplante de Progenitores Hematopoyéticos en el Instituto Nacional de Pediatría y ha fungido como orador para: Servier Pharmaceuticals y AMGEN. Asimismo, recibió una beca de investigación de: Roche. 

Siga al Dr. Olaya Vargas en Twitter @OlayaVagasTAMO. Para más contenido siga a Medscape en Facebook, Twitter, Instagram y YouTube.

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