Errores comunes ocasionan autocontaminación en los hospitales

Pam Harrison

Conflictos de interés

21 de junio de 2018

La falta de uso del equipo de protección personal y el incumplimiento de las precauciones de rutina para prevenir la transmisión de agentes infecciosos en los hospitales ocurren con frecuencia y son una posible fuente de autocontaminación, según un estudio cualitativo.[1]

"Las precauciones estándar y aquellas basadas en la transmisión de patógenos son los pilares para la prevención y protección contra las infecciones en los pacientes y el personal de atención médica", informaron los colaboradores de Sarah Kerin, Ph. .D, enfermera registrada, del VA Ann Arbor Healthcare System, en Michigan, Estados Unidos.

"Nuestros hallazgos identificaron varias faltas en el uso del equipo de protección personal y las precauciones preventivas durante la atención hospitalaria de rutina, las cuales podrían provocar la autocontaminación o la transmisión".

"Comprender los tipos de faltas y el contexto en el que ocurren es esencial para mitigar efectivamente el riesgo de transmisión de patógenos", escribieron los autores en un artículo publicado en versión electrónica el 11 de junio en JAMA Internal Medicine.

Durante 9 meses los investigadores observaron directamente al personal de salud, tanto dentro como fuera de las habitaciones de los pacientes, ambos sitios contaban con señalamientos claros para que los trabajadores tomaran precauciones contra la transmisión de patógenos. "Las observaciones ocurrieron en 16 unidades médicas o quirúrgicas, y 4 unidades de cuidados intensivos en 2 centros médicos, un centro médico académico universitario y el Veteran Affair Hospital, así como el Departamento de Urgencias en el centro médico universitario".

Los investigadores realizaron un total de 325 observaciones en ambos sitios de estudio, 79,7% de los cuales ocurrió fuera de las habitaciones y 20,3% dentro.

En general, observaron 280 faltas de seguridad. La mayoría (72,9%) involucraba pasos en falso con las precauciones de contacto, y cada una tenía el potencial de autocontaminación directa o indirecta.

Los autores distinguieron entre tres tipos diferentes de errores: 1) violaciones (n = 102), que incluyeron desviaciones intencionadas de los procedimientos; 2) errores (n = 144), que ocurrieron mientras el personal intentaba seguir el procedimiento; y 3) deslices (n = 37), que fueron comportamientos automáticos que aumentaban el riesgo de autocontaminación.

Las violaciones variaron, por ejemplo, cuando el personal de salud ingresaba a la sala sin ponerse el equipo de protección personal o lo usaba de manera inadecuada, como una bata desatada. "Un escenario común era cuando el personal ingresaba a una habitación sin el equipo de protección, incluyendo los guantes, que se requerían para entrar a la sala (en todos los tipos de precaución)", explicaron los investigadores.

A pesar de que el personal de salud puede haber ingresado a una habitación sin la intención de establecer ningún contacto físico, "sus encuentros a menudo tuvieron como resultado un contacto con el paciente o con su entorno". Por ejemplo, un médico sin guantes podría tocar un botón en una máquina cercana a la cama, una violación de las precauciones de contacto.

Otro ejemplo de violación es el de una enfermera que ingresó a una habitación con una compresa para incontinencia y la metió debajo del paciente, y luego entró en una discusión con el paciente mientras se apoyaba en barandal de la cama sin usar guantes.

Faltas o errores de intención

A diferencia de las violaciones, los errores se caracterizaron como "errores de intención". Estos se observaron con frecuencia cuando los trabajadores de salud intentaban quitarse el equipo de protección personal. Por ejemplo, un trabajador trató de quitarse el equipo de protección personal mientras sostenía un objeto (una carpeta), lo que hizo que sujetara la carpeta contra una sección desprotegida de su cuerpo (sin bata).

Otro ejemplo es el de un trabajador de la salud que se quitó el equipo de protección personal en una secuencia incorrecta, como el quitarse la protección ocular y una máscara, con los guantes todavía puestos. Otras oportunidades para la autocontaminación surgieron cuando los trabajadores fueron forzados a utilizar un carné para ingresar a las computadoras de la habitación o alcanzar debajo de la bata un estetoscopio y después de examinar al paciente, ponerlo alrededor del cuello, donde colgaba sobre su bata.

Los comportamientos automáticos aumentan el riesgo

"El tercer tipo de falta activa observada comúnmente comprendió los comportamientos o deslices altamente automáticos", observan Kerin y sus colaboradores. Aunque parezcan inocuos, los deslices nuevamente resultaron en una "alta probabilidad" de autocontaminación.

Algunos de los "deslices" más comunes involucraron al personal de salud, por ejemplo, cuando se tocaban la cara con guantes contaminados, o se acomodaban los anteojos, o secaban el sudor de la cara mientras usaban guantes. Los trabajadores de la salud también eran propensos a usar sus dispositivos personales, como el teléfono celular, lo que requería que lo sacaran de su bolsillo, lo contestaran, y luego lo volvieran a guardar, lo que constituye otra violación de las precauciones de contacto.

"Estas respuestas automáticas por lo general parecían ser acciones instintivas y no infracciones intencionales, pero había una gran probabilidad de transmisión", observan los autores. "La amplia diversidad  de factores contribuyentes en cada tipo de faltas sugiere que algunas circunstancias pueden ser más modificables que otras, y que existe una variedad de estrategias —conductuales, organizacionales y ambientales— que pueden ser necesarias para reducir el riesgo de transmisión durante la atención hospitalaria de rutina", concluyen.

Bajo riesgo percibido

Comentando sobre el estudio, la Dra.Leora Horwitz, autora del editorial, de la NYU School of Medicine, en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, sugiere que el personal de salud parece estar evitando el uso del equipo de protección personal deliberadamente, porque considera tener un bajo riesgo de autocontaminación y transmisión de los agentes infecciosos.[2]

También señala que si bien hubiera sido útil conocer la tasa de las faltas de seguridad en el estudio, el tener una descripción detallada de los errores es muy importante.

"Para reducir globalmente este tipo de violaciones, los epidemiólogos del control de infecciones necesitarán cambiar la forma de calcular el riesgo de trasmisión de los trabajadores sanitarios, haciendo más evidente el riesgo de contacto (es decir, orientando específicamente la capacitación para demostrar que el contacto involuntario es frecuente incluso en situaciones como el detenerse para platicar), o el cambiar las políticas para el control de infecciones a un nivel sistemático, si se determina que estas situaciones presentan un riesgo lo suficientemente bajo como para permitir evitar el equipo de protección personal", escribe.

Lo que deben hacer los hospitales, es abordar las situaciones en las que se producen violaciones del protocolo porque el personal de salud no tiene más opción que ponerse en riesgo de autocontaminación.

Por ejemplo, la mayoría de hospitales no le da al personal ninguna opción para dejar una carpeta fuera de una habitación. Tampoco suele proporcionar estetoscopios o paños desechables de fácil acceso en las habitaciones. "Las computadoras en la habitación no deberían requerir de un carné para ingresarlas", sugiere la Dra. Horwitz.

Además, "la capacitación debe incluir explícitamente lapsos (o deslices) comunes, que ayuden a los médicos a tenerlos en cuenta, y a disminuir su frecuencia", añade.

Sin embargo, los hospitales no deben ignorar las violaciones, ni permitir que continúen. "Permitir que el status quo prevalezca —en el que las personas son conscientes de que están violando las políticas pero aún así lo hacen— genera una cultura insidiosa de violación rutinaria del protocolo, a menudo denominada normalización de la desviación, que puede tener consecuencias adversas globales para la seguridad", enfatiza la Dra. Horwitz.

El estudio fue financiado por el Centers for Disease Control and Prevention, y el VA Health Services Research and Development Service. Los autores y editorialistas han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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